Hongosto y el mito del micelio perfecto

Escrito por: Biól. Lizeth Silva 

Hay meses que llegan con un aroma particular. Agosto huele a tierra húmeda, a hojas que comienzan a descomponerse y a esos pequeños organismos que, después de las lluvias, parecen aparecer de la nada. Entre personas aficionadas a la naturaleza y amantes de los bosques, este momento del año tiene incluso un nombre cariñoso: hongosto.

Quizá por eso, cada temporada vuelven las fotografías, las caminatas, los talleres y las conversaciones alrededor de los hongos. También vuelve una idea que ya nos resulta familiar: el hongo es apenas el cuerpo reproductor de un organismo mucho más grande, cuyo verdadero cuerpo, el micelio, permanece oculto bajo el suelo.

Es un dato fascinante. Pero tal vez este año valga la pena mirar un poco más allá… 

Con frecuencia se habla del micelio como el símbolo perfecto de la cooperación. Y sí, existen asociaciones extraordinarias entre hongos y plantas que permiten intercambiar agua y nutrientes, haciendo posible que ambos prosperen. Sin embargo, esa no es toda la historia. En los bosques también hay competencia, organismos oportunistas y relaciones que cambian constantemente. La naturaleza no funciona porque todos cooperen siempre; funciona porque, incluso en medio de esa complejidad, es capaz de sostener la vida.

Quizá ahí está el verdadero espejo. No porque los bosques tengan lecciones preparadas para nosotros, sino porque al observarlos con atención encontramos preguntas que también valen para nuestras comunidades

Solemos admirar aquello que florece: un proyecto que reúne personas, un parque recuperado, una comunidad que se organiza, un cambio que finalmente se hace visible. Pero pocas veces pensamos en todo lo que ocurrió antes. Las conversaciones que nadie registró, la confianza que tomó tiempo construir, las dudas, los desacuerdos, las pequeñas acciones cotidianas que no aparecen en las fotografías, pero que hicieron posible que algo nuevo emergiera.

Los hongos tampoco aparecen únicamente porque llegó agosto. Lo hacen cuando existen las condiciones adecuadas: humedad, temperatura, alimento, tiempo. Nadie puede apresurar ese proceso. 

Las comunidades, quizá, tampoco. 

Con frecuencia buscamos la acción que transformará todo de una vez: la gran campaña, la actividad perfecta o el mensaje ideal. Sin embargo, los cambios más profundos suelen parecerse más al trabajo silencioso del bosque. Ocurren cuando existen condiciones para escuchar, participar, compartir conocimientos, equivocarse, volver a intentar y permanecer.  Un árbol no hace un bosque. Un hongo no hace un micelio. Una persona no hace una comunidad. 

Ahí también podemos encontrar el verdadero valor del trabajo comunitario, es paciente y a veces pasa desapercibido. Como el micelio, sostiene mucho más de lo que deja ver

Hongosto no nos enseña que necesariamente debamos ser como una red de hongos. Después de todo, la naturaleza no es una fábula donde todo ocurre en armonía. Los ecosistemas son complejos, diversos y, precisamente por eso, resilientes. Quizá nuestras comunidades tampoco necesitan aspirar a la perfección, sino a crear las condiciones para seguir creciendo incluso cuando existen diferencias.

Cada hongosto celebramos la aparición de los cuerpos fructíferos que colorean el bosque. Pero quizá la invitación más interesante no sea mirar únicamente aquello que florece, sino preguntarnos qué hizo posible que floreciera.

Porque los bosques no florecen porque alguien lo decida.
Florecen cuando las condiciones lo permiten.

Y tal vez nuestras comunidades no sean tan distintas.

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