El mundo es de los insectos (nosotras solo vivimos en él)

Por: Diana Zavala

Cuando pensamos en los animales que han marcado la historia de nuestro planeta, casi siempre imaginamos criaturas gigantes: dinosaurios titánicos, ballenas majestuosas, elefantes imponentes. Seres monumentales que nos recuerdan lo fascinante y diversa que puede ser la vida.

Pero hay otros seres, infinitamente más pequeños, que sostienen una historia igual o más extraordinaria: los insectos.

(Fotografía de Charlie Hamilton James. Vía National Geographic)

Quizá lo primero que deberíamos hacer con ellos es algo tan simple como revolucionario: detenernos a mirarlos. Estamos tan acostumbrados a su presencia que hemos dejado de verlos realmente. Una hormiga cruzando afanosa el camino, una mariposa posada sobre una flor, un escarabajo resguardado bajo una piedra o una abeja buscando néctar. Están en todas partes. Y, sin embargo, casi nunca nos detenemos a reflexionar: ¿cuánto tiempo llevan habitando la Tierra?

¿Quiénes dominaban la Tierra mucho antes de los dinosaurios?

Los primeros insectos aparecieron hace cientos de millones de años. Llegaron muchísimo antes que los seres humanos, mucho antes del nacimiento de las ciudades e, incluso, antes de que los primeros dinosaurios caminaran sobre la Tierra. Ellos ya reinaban aquí.

Desde entonces, han atravesado los momentos más extremos de la historia planetaria: cambios climáticos drásticos, la transformación de continentes enteros y múltiples extinciones masivas. Y aun así, continuaron. Mientras incontables especies desaparecían para siempre, los insectos evolucionaban y se diversificaban; aprendieron a volar, nadar, excavar, saltar, camuflarse y comunicarse mediante una sinfonía de sonidos, aromas y colores.

Hoy conocemos más de un millón de especies de insectos y, con certeza, existen muchísimas más que la ciencia aún no ha descubierto. De hecho, se calcula que representan cerca del 80% de todas las especies animales de la Tierra; de cada diez especies animales que existen, ocho son insectos. Y hay cálculos científicos deslumbrantes que sugieren algo todavía más difícil de imaginar: hay más insectos vivos en este instante que granos de arena en todas las playas del mundo juntas.

Una parte colosal de la historia de la vida en la Tierra está escrita en cuerpos diminutos.

¿Cómo transformaron nuestra cultura y mitología?

Los insectos no solo han compartido espacio geográfico con nosotros; se han entrelazado profundamente en nuestra memoria colectiva. Los hemos observado con intriga, los hemos temido, admirado y, en muchos casos, elevado a la categoría de símbolos sagrados.

(Fotografía de Charlie Hamilton James. Vía National Geographic)

En el antiguo Egipto, el escarabajo pelotero —ese pequeño ser que rueda incansablemente una bola de estiércol— representaba el ciclo mismo de la vida. Los egipcios observaban cómo enterraba su esfera y, como por arte de magia, de la tierra emergían nuevos escarabajos. Para ellos, este fenómeno simbolizaba la renovación constante, el renacimiento y el movimiento diario del sol, dando origen a Khepri, la deidad del sol naciente.

Hay una belleza profunda en este hecho: mucho antes de conceptualizar la evolución o las redes ecológicas, la humanidad ya se preguntaba qué secretos albergaban los insectos.

Y esa fascinación no fue exclusiva de Egipto. Aparecen una y otra vez en nuestras mitologías, pinturas, textiles, medicinas ancestrales y emblemas. La ruta de la seda que conectó civilizaciones enteras fue hilada por un insecto; la miel que recolectamos desde hace milenios es obra de otro.

¿Por qué la vida colapsaría sin estos pequeños arquitectos?

Quizá esto es lo que con mayor facilidad olvidamos: los insectos no son meros habitantes de nuestro mundo, son quienes lo construyen y sostienen.

Abejas, mariposas, escarabajos y moscas desempeñan la vital tarea de la polinización. Hormigas y termitas airean y transforman el suelo. Una inmensa variedad de insectos descompone la materia orgánica, devolviendo nutrientes esenciales a la tierra. Otros actúan como controladores biológicos regulando poblaciones, mientras sirven de alimento primario para aves, murciélagos, anfibios, reptiles, peces y mamíferos.

Por ello, cuando observamos a un insecto, jamás deberíamos verlo como un ente aislado. Detrás de cada uno existe una compleja red de interacciones. Una abeja no es solo un individuo: forma parte fundamental de una flor, la flor sostiene a una comunidad vegetal, la abeja alimenta a otro ser, y ese ser teje otra cadena de vida.

Así funciona la biodiversidad, como un entramado vivo donde los insectos son los hilos más valiosos y fundamentales.

¿Qué ocurre cuando la red invisible empieza a romperse?

Aquí es donde esta historia exige un cambio de tono y una pausada reflexión.

Tras cientos de millones de años de resiliencia frente a cataclismos globales, hoy los insectos enfrentan una amenaza inédita en su historia: la actividad humana.

La pérdida acelerada de hábitat, la agricultura intensiva, el uso masivo de pesticidas, la contaminación ambiental, la introducción de especies invasoras y el cambio climático están mermando las poblaciones de insectos a escala global. Si bien no todas las especies declinan al mismo ritmo, la comunidad científica muestra una alarma creciente ante el vertiginoso descenso en su abundancia y diversidad.

Esto es crítico. No solo por el riesgo inminente de la extinción de especies, sino porque cuando un hilo se rompe, se destruyen con él las relaciones ecológicas que sostiene: la flor que se queda sin polinizador, el ave que pierde su sustento o las funciones ecosistémicas que ni siquiera alcanzamos a comprender en su totalidad.

Durante mucho tiempo asumimos que su tamaño diminuto equivalía a una importancia menor; su pequeñez nos hizo subestimarlos. Quizá sea justo lo contrario. Llevan eras sosteniendo, en silencio, la vida en este planeta.

¿Podemos aprender a mirar con curiosidad en lugar de rechazo?

Los seres humanos somos, apenas, un capítulo reciente en la larguísima historia de los insectos. Ellos, en cambio, son la columna vertebral de la nuestra.

La invitación actual es transparente: aprender a convivir con ellos. Descubrir una belleza genuina que habita tanto en el estampado sutil de las alas de una mariposa como en el caparazón brillante de un escarabajo o en el zumbido persistente de una avispa que solemos espantar de manera intempestiva.

Es verdad que no todos los insectos resultan atractivos a primera vista. Algunos provocan incomodidad, cierto temor o nos parecen criaturas desagradables. Pero nada de eso disminuye su valor intrínseco ni su papel vital en esta red. A veces, la verdadera capacidad de asombro consiste en observar con curiosidad científica y empática —en lugar de rechazo— a quienes no encajan en nuestros cánones tradicionales de hermosura.

Proteger a los insectos va mucho más allá de salvar a las abejas o plantar flores en el jardín. Comienza con una acción más cercana: volver a mirarlos a todos, sin excepción. Detenernos ante el paso de una hormiga, observar detenidamente a un escarabajo o preguntarnos qué función cumple esa criatura singular debajo de una piedra.

No nos hacen falta más maravillas en el planeta; necesitamos más personas dispuestas a descubrirlas, especialmente en sus formas menos convencionales.

Porque la Tierra no nos pertenece. Siempre ha sido el mundo de los insectos, y nosotros acabamos de llegar a habitarlo, apenas un instante atrás, a su lado. Aprender a respetarlos y a cuidar su diversidad es, en última instancia, aprender a proteger nuestra propia historia compartida.

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